Crónica: “Volver turista” de Nicolás Ruiz, sobre una visita al Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional de México (abril de 2015)


En fechas recientes, como parte de las actividades del Seminario de Estudios Teóricos “Prácticas de escritura y de lectura: Cambios de paradigma y retos para el hecho literario”, a cargo de la Dra. Susana González Aktories y la Dra. María Andrea Giovine, del Posgrado en Letras, UNAM, se llevó a cabo una visita al Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional de México. Nicolás Ruiz, estudiante inscrito en el seminario, nos comparte sus impresiones en torno a esta visita en la crónica “Volver turista”, de la que les compartimos el siguiente fragmento (para leer el texto completo, da clic aquí):

“Entramos a una sala de concepción vertiginosa. Es un círculo: visto de frente hay un ventanal que deja ver un exterior para subrayar el interior extraordinario; alrededor paredes llenas de libros enigmáticos protegidos por una barrera discreta de vidrio que sirve como línea amarilla de museo o, con más peligro, de transporte público. Todo es de madera: el piso pulido, las estanterías de libros, la mesa integrada al recinto en semicírculo exacto y el techo cónico que desciende, como punta señaladora, hacia una suerte de atril central en donde reposa un enorme tono imponente en la vejez evidente de su empastado de cuero rojo. La mesa es una barra continua que sirve como escritorio unido en semicírculo, con asientos de reunión o para pupilos y asistentes de edades dispares –a partir claro, de los mandatorios 16 años, cuestión de responsabilidades, debida acreditación mediante-. Hay algo aquí de biblioteca pulcra y cuidada, clima controlado, olor a libros fustigados para no almacenar polvo; hay algo también de sala de mando, pienso en Dr. Strangelove y me pregunto si el punto de comparación es válido más allá de lo arquitectónico.
Cometemos errores, desprevenidos, que nos señalan más como turistas, queremos tomar fotos, entrar con mochilas, deambular libremente. La guía nos regaña con amable y tajante sorpresa: tal vez hubiéramos sabido todas las reglas si no fuéramos turistas; pero es imposible no ser turista en este espacio que significa, etiqueta e impone. Nuestro error es comprensible pero imperdonable: primera advertencia que gana nuestra completa y absoluta obediencia.
Esperamos instrucciones.
Nos sentamos torpemente en la mesa circular moviendo las sillas con el menor ruido posible, mirando de reojo a nuestra guía para seguir órdenes precisas, entregamos la voluntad en la entrada: nos es permitida la sorpresa, ya no la iniciativa. En la mesa circular hay cinco tomos misteriosos de diferentes formas y colores. Nuestra guía se planta enfrente de nosotros, entre el atril central y la mesa que lo rodea, está de pie, levantamos los ojos y esperamos el inicio de una presentación que ya ganó nuestro asombro y nuestra sumisión.
Somos turistas y nos portamos bien.
La introducción de nuestra guía empieza con la historia. No podía ser de otro modo. La historia transcurre entre sus palabras como una acumulación de causas lógicas y bien ordenadas que llevaron hasta la constitución de esta biblioteca, de este acervo, de la sala en que nos sentamos. La historia que causa el efecto de una responsabilidad impuesta, compartida, nuestra sin saberlo. Se nos informa, como turistas, de lo afortunadas que fueron las coincidencias que llevaron hasta este momento en que las causas están en manos de los expertos. Eso reconforta. Se nos dice que todo esto es nuestro, de todo el pueblo mexicano. Eso enorgullece. Somos parte de esto entonces, somos responsables por esto y no lo conocíamos, y nadie parece conocerlo. Nuestra labor se muestra en el valor del boca a boca: hay que hablar de este secreto para que todos podamos reconocerlo con la debida distancia, en la higiene de las visitas guiadas.
La exposición de los libros es deslumbrante. Pasan frente a nuestros ojos páginas que han visto cuatrocientos años con su ciego silencio, doscientos años, cien años. Pasan incunables de curiosidades médicas que narran viejas plagas irreconocibles en la ciudad de México, catástrofes salvadas por la intercesión de la Virgen. Pasan manuscritos que nunca vieron la luz pública, trabajos que se legaron a los siglos sin terminarse, minuciosos, con tachaduras pulcras y cuidadas acuarelas: detrás de sus trazos está la historia de unos dedos, una muñeca, un brazo, un cuerpo, un hombre y, como no deja de señalar nuestra guía, de un trabajo hecho entre deberes monásticos bajo la luz titubeante de la vela. Pasan anécdotas misceláneas, tarjetas coleccionables por niños de antaño y que ahora están vedadas para la edad curiosa del público que consideraron. Pasan, finalmente, las páginas voluminosas de un libro coral de hermosa factura y triste historia de encuadernación; las decoraciones cuentan contextos ajenos a las notas, sincretismos particulares, historia y hombres detrás de ellas. Éste es otro libro pensado para una función que ya jamás cumplirá.
La función de todos estos tomos ha cambiado. Nuestra guía subraya que tal vez nunca más volveremos a ver algunos de ellos. Libros cargados, manipulados, vividos o abandonados que ahora quedan bajo cuidado riguroso, transformando sus conocimientos en testimonio y sus vivencias en dato histórico. Libros que quedan fijados con sus fechas y que ya no acumularán más historia. Desde el momento en que fueron asegurados por este recinto que se pinta en las palabras de nuestra guía como hogar definitivo, parecen impermeables a sucesos futuros, resguardados por la cúspide de nuestro conocimiento bibliográfico y apreciativo. Su vida útil terminó para ceder lugar a la investigación, las visitas guiadas y el resguardo celoso de bóvedas y guardianes, guías y vitrales.”