En charla con Laura López Morales



Mi primer contacto con la Literatura Comparada –sin tener entonces una clara idea de a qué correspondía eso, al menos no con esa etiqueta–, coincide quizá con los inicios de la propia Literatura Comparada en la Facultad, en un curso que tomé cuando estaba haciendo la licenciatura, entre 1963 y 1965. Llevaba el pomposo título de “Seminario de Literatura Comparada” y recuerdo que era impartido en dos partes: un semestre por Raúl Ortiz Ortiz, quien nos introdujo a En busca del tiempo perdido de Proust, y en el otro, por Rosario Castellanos, quien se enfocó en los aspectos del barroco retomados por Alejo Carpentier en su novela Los pasos perdidos. Aunque viéndolos a la distancia, la verdad no creo que en ninguno de los dos cursos se haya respetado el espíritu de lo que ahora entendemos por Literatura Comparada…
Después, durante los estudios de posgrado, nunca me planteé la posibilidad de hacer acercamientos propiamente comparatistas, de no ser los que de forma implícita integraban la metodología que tenían los franceses, por ejemplo para detectar cómo un autor repercutió en otro. Y casi se limitaban a las influencias dentro de la misma tradición de las letras francesas; muy pocas veces se rastreaba otro tipo de influencias, digamos, para ver si el romanticismo alemán influyó en los prerrománticos franceses de fines del siglo XVIII, y éste a su vez en el romanticismo francés del siglo XIX. O si el pensamiento de filósofos ingleses tenía que ver, por ejemplo, con el proyecto de la enciclopedia, en el siglo XVIII. La literatura francesa era la literatura francesa, y, a partir de ciertas líneas temáticas o determinadas características estilísticas, uno se orientaba por una inquietud determinada en torno a una o varias obras de un autor, pero en universos generalmente cerrados. Viéndolo desde la perspectiva actual, se hacía de una manera muy endogámica, autosuficiente y finalmente parcial. Con esta perspectiva navegué por toda mi formación académica, y me doctoré de acuerdo con esa tendencia, con una tesis sobre André Malraux, en la que analizo las diferentes líneas temáticas de su creación novelística. Quizá, visto en retrospectiva, lo podría haber hecho de otro modo si hubiera contado con otros elementos: aquellos que puedo tener ahora, sumados a la importancia y el interés que he ido encontrando al abordarlos contenidos literarios bajo diferentes luces, ángulos y disciplinas.
A mi regreso del doctorado, cuando empecé a dar clases, vi que la perspectiva aquí no era muy diferente. Según las necesidades del colegio de Letras Modernas, me tocó dar cursos de literatura de distintos siglos, de modo que –si acaso– llegábamos a iluminar, por ejemplo, si Rabelais influyó a Alfred Jarry, o si Apollinaire iba en la línea de Nerval. Al hacer eso, como cuando era estudiante, no tenía conciencia de que estaba pisando terrenos de la Literatura Comparada.
Quizá fue hasta mi primer sabático, a inicio de los ochenta –época que coincidió más o menos con el boom de las literaturas francófonas–, cuando me volví consciente de que algo de este enfoque comparatista permeaba más claramente en los estudios literarios en lengua francesa. En ese primer sabático se me presentó la oportunidad de dar un curso de maestría de literatura mexicana en Montreal, Canadá. Y, como me quedaba mucho tiempo libre, lo dediqué a estudiar la literatura quebecquense. De ese año, pasé seis meses en la Universidad de Quebec en Montreal, y los otros seis en Francia, Suiza y Bélgica, donde pude conocer otras literaturas francófonas. El comparatismo que se planteaba desde esta perspectiva, si bien no buscaba comparaciones entre tradiciones literarias en lenguas distintas, inevitablemente lo hacía con la producción de Francia y la de otros países de lengua francesa. Ahí todavía no tenían una clara conciencia de las teorías del poscolonialismo, pero desde la teoría y la crítica sí buscaban descubrir puentes estas literaturas, aunque fuera bajo el parámetro de la literatura francesa. Como me pareció importante traer esta perspectiva a México, me acerqué a las editoriales para que donaran material e introducir estas lecturas y estos estudios en la carrera de letras francesas en la UNAM. Conseguí libros de las editoriales, de librerías y de las asociaciones de maestros, de modo que el acervo que empecé a formar sobre literatura quebequense en Canadá se multiplicó rápidamente con otras donaciones de instituciones europeas. La asombrosa reacción de los donadores respondía sin duda a sus intereses, pues veían que yo iba a ser una especie de portavoz gratuito en una universidad prestigiada como es la UNAM, y no les iba a costar más que sacar un libro o dos ejemplares de sus fondos. Este proceso de compilación, por mi parte, me permitió conocer a muchos escritores. Tengo, por ejemplo, libros dedicados de Gastón Mirón, el gran poeta quebequense de la época de la Revolución Tranquila, y de muchas otras celebridades.
Sin embargo, de pronto me vi ante un problema logístico, pues una cosa es que te regalen libros, y otra es cómo te los llevas. Así que frente a la gran cantidad de volúmenes que pronto me inundaron, tuve que acercarme en el caso de Canadá al consulado de México para solicitar apoyo con el transporte, y la respuesta de éste también fue muy generosa.
Cuando llegué a Europa después de esta experiencia canadiense, no titubeé en continuar con la misma misión compiladora, pero esta vez bajo otra fórmula: me lancé como cualquier hijo de vecino a tocar la puerta de lo equivalente a la Secretaría de Cultura, pero especializada en la cuestión de la literatura, y nuevamente obtuve muy buena respuesta. En Bélgica, la cosa no fue muy diferente. Me presentaban gente, leía, preguntaba y me ofrecían los volúmenes. Sólo que allí corrí con la suerte de que se ofrecieron a mandarme los libros directamente a México, y yo sólo los tenía que ir a recoger a la aduana de Pantaco, donde, por cierto, pensaron que estaba importando droga o algo así, y me obligaban a abrir los paquetes de libros. Ya luego tuve la fortuna de que me los mandaran a mi casa, cuando veían que eran libros.
Finalmente hice lo mismo con Suiza: contacté a Luc Boissonas de Pro Helvetia, organismo responsable de apoyar todo lo relacionado con la cultura, quien simpatizó con mi proyecto y no titubeó en colaborar con lo que ya estaba convirtiéndose en una rica biblioteca de literaturas francófonas. Con respecto a la recopilación del material del resto de la francofonía –esto es, de las Antillas y de África–, cuya producción me interesa particularmente, tuve que resignarme a un horizonte más precario, pues era evidente el contraste en cuanto a recursos. Ahí lo que más cultivé y más practiqué desde París fue el contacto con gente clave en cuanto a la asesoría. El trato con colegas especialistas que orientaron mis consultas en bibliotecas y centros de documentación resultó decisivo. El acote de textos se redijo a la compra de lo esencial (por supuesto de mi bolsa) y, en ciertos casos, a la fotocopia. En fin, que esta aventura iniciada durante el sabático por tierras de la francofonía y continuada aun a mi regreso a México, constituyó para mí un giro radical.
A mi regreso a la Facultad en 1987, época en la que Arturo Azuela era el director, me acerqué a él para exponerle lo importante que me parecía abrir un seminario de literatura francófona, con su correspondiente biblioteca especializada, para aprovechar todo el acervo que había conseguido, pero creo que no se me entendió. Por otro lado, como veía poco práctico incorporar ese material al fondo general existente en la biblioteca de la Facultad, pregunté a Federico Patán, con quien compartía el cubículo, si tenía inconveniente en que creara la biblioteca especializada ahí. Por fortuna él apoyó esta iniciativa. Entonces empecé a traer cajas y cajas de libros… nunca cupieron aquí, de modo que una parte sí se bajó a la biblioteca Samuel Ramos. En el cubículo dejé lo que más se usa en los cursos de licenciatura.
En cuanto pude, empecé con mi seminario sobre literaturas francófonas que a ojos de los colegas parecía mi hobbie, y que podía impartir mientras cumpliera las materias prioritarias en la carrera de literatura francesa: cursos de lengua, las diferentes historias literarias, redacción, didáctica, y muchos otros que impartí en esos años. Pero lo cierto es que con el tiempo me fui volcando cada vez más en los terrenos recién descubiertos, al grado que poco a poco disminuyó mi interés por las novedades literarias de Francia, sus chismes, sus éxitos, sus últimos premios Goncourt. Lejos de jactarme de ello, simplemente lo asiento como un hecho. Desde entonces más bien he procurado mantenerme al día sobre lo que sucede en el vasto universo literario de la francofonía, reforzando o descubriendo aspectos derivados del acervo que tengo aquí.
Más allá de mis intereses personales, y volviendo a los estudios de las letras francesas en la UNAM, creo que ayudó a su enriquecimiento la apertura de la cátedra extraordinaria Roland Barthes, creada en 1986 con la ayuda de Marc Cheymol. Recuerdo que a Cheymol lo había conocido muchos años atrás cuando, in illo tempore, fungía como lector –es decir, como profesor pagado por la embajada de Francia–, impartiendo en la Facultad varias clases aquí que fueron memorables. En ese tiempo él desarrolló sin duda un enorme apego a la UNAM, de modo que años después, cuando volvió a México ya como funcionario de la embajada de Francia, contribuyó de manera importante y generosa a la negociación entre la Facultad y la Embajada de Francia para la creación de dicha cátedra, de la que quedé yo como responsable. Al principio, las invitaciones de académicos franceses eran patrocinadas por la embajada francesa, y así logramos que viniera en dos ocasiones Philippe Rogers, alumno de Barthes, para hablar sobre la obra de su maestro. En realidad, eso no tenía que ver directamente con la francofonía, pero sí con perspectivas de tipo semiótico y cultural que habrían de enriquecer los ejercicios comparatistas. Por otro lado, también logramos organizar, junto con la embajada, encuentros diversos con escritores franceses que venían invitados para dar a conocer su obra; viéndolo bien, esto fue modificando el propósito original de dicha cátedra, que era la de fomentar actividades académicas como cursos, seminarios o conferencias sobre temas estrechamente vinculados con las disciplinas cultivadas por el propio Barthes, como la semiótica y la lingüística, entre otras; sin embargo, en estricto sentido, él siempre se mostró muy sensible a las cuestiones comparatistas. Así que el giro operado concilió los intereses de unos y otros.
Otro momento especialmente sensible para apoyar a la Facultad, durante los años noventa, fue el bicentenario de la Revolución Francesa. La embajada tenía grandes presupuestos para todo tipo de actividades y contaba con un consejero cultural maravilloso: André Ladousse. Tuve la suerte de participar en muchas de estas actividades al encontrarme en plena cruzada por la francofonía, además de que en esos años fui nombrada presidenta de la Asociación Mexicana de Maestros de Francés. Recuerdo que en este contexto se organizó el Primer Coloquio Latinoamericano de Escritores Francófonos, en el que estuvieron presentes dieciséis escritores. Recuerdo muy especialmente que la mesa de clausura en el MUNAL reunió nada menos que a J.M.G. Le Clézio, Édouard Glissant, Octavio Paz, Nicolas Bouvier, Jacques Chevrier y Nicole Brossard. Si se dan cuenta, ¡en esa mesa estuvieron dos premios Nobel avant la lettre! Varias embajadas del mundo francófono estaban involucradas en este Primer Coloquio, y, gracias al contacto que desde entonces seguí conservando con éstas, pude –a partir de los años noventa– invitar a diversos especialistas para venir a dar un curso o a participar en un coloquio en nuestra Facultad.
Entre fines de los ochenta y principios de los noventa, mientras iba construyendo la plataforma para los estudios de la francofonía, las colegas de inglesas también habían empezado a meterse en temas poscoloniales desde la literatura inglesa. Fue hacia mediados de los noventa cuando Nair Anaya y Claudia Lucotti publicaron su libro Las voces de Calibán. No obstante, para fortuna de ellas, en la carrera de letras inglesas, desde siempre se había marcado con más claridad una diferencia entre la literatura inglesa y la irlandesa, entre el bagaje de Inglaterra o Estados Unidos. Institucionalmente, los programas marcaban que había más literaturas de habla inglesa. En letras francesas, en cambio, hubo que abrir el campo a la diferenciación cultural, por ejemplo entre Francia y Canadá, pero más aún entre Francia y las colonias antillanas o africanas. En ese entonces, además, se estaba desarrollando el enfoque postcolonial.
Fue en esos años también cuando, un buen día, Luz Aurora Pimentel me dijo: “Oye, ¿por qué no das un curso en el posgrado?” Esto fue en la época en que ella estaba armando la maestría en Literatura Comparada. Así fue como me involucré también con esa especialidad del posgrado; es cierto que los cursos que he impartido en ese marco no han tenido una frecuencia regular, pero sí organicé muchos seminarios sobre todo durante los años noventa, con especialistas procedentes de Europa, de Canadá o de las Antillas, y que también beneficiaron indirectamente al campo francófono en el posgrado en Comparada.
Debo confesar que así empecé a hacer proselitismo a favor de estas literaturas francófonas, aquí prácticamente desconocidas, con los alumnos tanto de licenciatura como de posgrado, y aunque tuve eco y diálogo con mis colegas de francesas, a la fecha, después de veinticinco años, sigo siendo la única especializada en esta área. Todavía ahora no sé qué va a suceder para cuando me jubile, pero espero que alguien entre como refuerzo. Tengo alumnos que ya se han formado con esta orientación y que imparten actualmente alguna clase del programa de francesas en la licenciatura, así que ojalá lograran meterse más. Pero bueno, no le inoculas a alguien el interés por los temas a los que se va a dedicar. Puedes más o menos estimularlo o sensibilizarlo, pero la decisión del rumbo a tomar es individual y muy personal.
Debo confesar, nuevamente, que aun cuando a principios de los noventa me encontraba dando cursos en la especialidad del posgrado en Literatura Comparada, yo misma no tenía una consciencia clara de que estaba pisando terrenos de la comparatística; y quizá ni siquiera supe acercarme más seria y “científicamente” a lo que desde la teoría y la crítica literaria se estaba haciendo en este campo. Viendo las cosas a la distancia, tal vez la manera más directa y consciente que tuve de ejercer una práctica comparatista en esos años fue desde la traducción. Todos los que incursionamos en las lenguas extranjeras para estudiar un acervo literario o para enseñar idiomas, en un momento u otro nos vemos en situación de traducir, muchas veces por necesidad otras por gusto, lo cierto es que, por lo menos en mi caso, al principio carecía de la formación teórica necesaria. Después, ya más comprometida e involucrada en la vida académica –aunque sin hacer estudios formales–, fui adquiriendo por mi cuenta las bases teóricas indispensables en este campo y traduciendo con regularidad, consiguiendo así una visión más integral de esta disciplina. Pasados los años y ya con cierta experiencia en la materia, me animé a impartir clases de traducción. Primero en El Colegio de México, donde di varios años –tres o cuatro–, y luego aquí en la Facultad, como consecuencia de la casualidad, al entrar al relevo de Tatiana Sule, quien daba traducción a los de francesas e iba a tomar su sabático. Mi interés teórico y práctico por la traducción me llevó incluso a participar en algún congreso internacional de traducción, lo que sin duda también me abrió nuevos horizontes y perspectivas a la literatura y las culturas comparadas.
Si miro hacia atrás, puedo decir que fue desde hace unos quince años que me he acercado más a los estudios comparados, aunque sin pretender hacer nada sistemáticamente en el marco de un programa institucional. Muchas de mis lecturas las hice por curiosidad personal y porque además son temas que realmente me interesan.
Puedo confirmar, además, que desde los años en los que dábamos los primeros pasos en el terreno de la francofonía, la orientación de los temas de los trabajos de titulación ha variado mucho. Aplaudo esto, pues una de las cosas que me propuse desde entonces, fue evitar que los muchachos sucumbieran, como lo hice yo, ante los grandes autores, de quienes ya ha hablado todo el mundo y sobre quienes es difícil aportar algo realmente original o novedoso. He llegado a caricaturizar las cosas diciéndoles: “¡Una enésima tesis sobre la coma en Proust basta!, ¡basta!”. En lugar de estudiar el uso de los adjetivos en un autor consagrado sin descubrir nada importante, pienso que es mejor que se aventuren por terrenos poco conocidos y que, aunque de forma modesta, hagan su propia lectura de toda esta literatura proponiendo algo realmente personal. Eso sí representa una aportación. Pueden dar a conocer así, por lo menos en el listado de tesis, a algún autor maravilloso y que aquí nadie conoce. Creo que es mejor ser modesto y no esperar descubrir el hilo negro y el agua tibia.
Quiero que los alumnos que pasen por mis aulas tengan la conciencia –basada inevitablemente en la comparatística– de que, en materia de francofonía, cada vez es más cierto y más inevitable que las jerarquías verticales comunes entre periferia y centro han sido reemplazadas por una visión más transversal, horizontal; y de que el modelo francés no puede ser el único. Les enseño a establecer intercambios, comunicaciones, que en realidad ya existen, entre quebequenses y, por ejemplo, belgas; entre africanos y antillanos. En el caso de la literatura antillana, la raíz africana impone la perspectiva comparatista. Pero estos intercambios también se dan entre africanos, quebequenses y magrebíes. De forma curiosa, el diálogo entre magrebíes y africanos ahora es más frecuente. Pero estos movimientos, estos juegos de espejo, estos diálogos se dan casi sin que uno lo note, aunque no se le ponga la pomposa etiqueta de “Literatura Comparada”. Así, por ejemplo, el año pasado dimos, junto con Flora Botton, un seminario de novela histórica francófona, el cual versó sobre Léon l’Africain, de Amin Maalouf; Memorias de Adriano, de Yourcenar; y Sarraounia, del autor guineano Abdoulaye Mamani. Recuerdo que conseguí en España la versión de principios del siglo XVI de Léon l’Africain, el que escribió todo su viaje por África. Fue un curso verdaderamente apasionante y para los alumnos sin duda un estímulo que les permitió contrastar las perspectivas tan diversas desde las que escriben estos autores.
Ya sea que se maneje un solo autor o dos, o un tema en varios autores, encuentro que sigue existiendo en el fondo una referencia a Francia. Pero esta referencia aparece cada vez menos por imitación y cada vez más por la manera como estos autores se desprenden del modelo francés o lo cuestionan.
Lejos de atreverme a hacer algún balance acerca del lugar que ocupa la Literatura Comparada en la Facultad –y que de alguna manera tiene que ver con la concepción del nuevo plan de la licenciatura–, estoy convencida de que hay que pugnar por evitar los compartimentos disciplinarios estancos. La fórmula misma del comparatismo es la que más se desarrolla de esta manera, por lo que hay que fomentarla. Pero hay que estar atentos, pues si se siembra y cultiva esta mentalidad y estas inquietudes no sólo en las mentes de los muchachos sino de los colegas y de la institución, de puede correr el riesgo de volverse aprendices de todo y oficiales de nada, es decir, se puede caer también en una peligrosa dispersión.
Lo cierto es que ya no podemos seguir viendo las letras francesas o las letras inglesas, el derecho, las matemáticas, la biología o cualquier otra disciplina como campos que no pueden relacionarse. Creo que una de las cosas de las que pecamos durante mucho tiempo en nuestros planes de estudio fue de centrarnos, por ejemplo, en sólo un siglo y no verlo en relación a lo demás. No sé si ha dependido de una falta de imaginación nuestra porque en el fondo, si te apoyas en la libertad de cátedra, podrías hacer infinidad de comparaciones. Prueba de ello son trabajos como el que me tocó revisar hace dos o tres años de jurado de un examen profesional en La Sorbona. Era de una chica, de origen portugués, que hizo una tesis de cerca de novecientas páginas –una cosa impresionante: dos volúmenes, muy bien hecha–, de naturaleza comparatista, en la que se dedicó a revisar dos formas musicales en la narrativa argentina y en la literatura del Congo. La primera de estas formas correspondía al tango –aquél de extracción popular y de raíces africanas–, y la segunda era la samba –que no era brasileña ni argentina. ¡Un estudio en verdad interesante y apasionante! A mí no se me hubiera ocurrido establecer esos vínculos. Ella centró su tesis de Literatura Comparada entre literatura francófona y literatura hispanoamericana, aunque como vemos, ahí se asoma una inquietud comparatista que trasciende las tradiciones literarias y se atreve a explorar contactos y diálogos con otras disciplinas y lenguajes artísticos como la música. Personalmente, he tenido la fortuna de haber dirigido tesis que abogan por cambios similares: salirse de los temas más que trillados y que no aportan nada.
No sé si haya una receta “oficial” para practicar la Literatura Comparada. Pero sí me parece importante y muy útil pugnar porque se fomente este enfoque, ante la creciente necesidad de ver las cosas no aisladas, sino en relación con otras, ya sea disciplinas –música, filosofía, psicoanálisis–, o la literatura de diferentes momentos y regiones. Todo lo que contribuya a poner bajo una nueva óptica lo que aquí se enseña significa abrir las cabezas, abrir las mentes y no quedarse con una sola posición. Simplemente por eso me parece válido.

Semblanza curricular de Laura López Morales