En charla con Federico Patán



A principios de los años ochenta, un grupo de profesores de Letras Modernas nos reunimos con el propósito de evaluar qué le estaba faltando al posgrado en letras y creo que fue Dieter Rall quien dijo que, ya que éramos letras modernas y teníamos inglés, italiano, francés y alemán en nuestros cursos, podríamos integrarnos de alguna manera si hacíamos literatura comparada. Yo entonces todavía no tenía mucha idea de lo que implicaba este campo de estudio, pero pronto se evidenció que la idea de Dieter era muy buena, que realmente la literatura comparada podía ser un buen sujetador de las letras modernas en la maestría y el doctorado.
En las primeras reuniones, que estuvieron conformadas por Horácio Costa, Dieter y Marlene Rall, Angelina Muñiz-Huberman y por mí, nos pusimos a trabajar buscando un acuerdo sobre qué entenderíamos por literatura comparada. Yo insistía, como hago ahora, en que no hay literatura que no sea comparada, en un sentido general: si me pongo a trabajar a Rulfo, por ejemplo, compararé sus cuentos; sus cuentos con respecto a cuentos de otro escritor; los temas de los cuentos en relación con temas de la narrativa contemporánea mexicana y luego quizá con la universal, siempre buscando situar la obra a partir de determinados parámetros. Éstos terminan funcionando a manera de contraste o puesta en perspectiva, permitiendo iluminar mejor las especificidades de una obra frente a las demás. Bajo premisas similares, y según la noción más tradicional y extendida que dominaba entonces, la literatura comparada debía considerar literaturas en lenguas diferentes.
Fueron muchas y muy constantes las reuniones que tuvimos en ese círculo para aportar ideas de cómo podría ser el posgrado en literatura comparada, y terminamos armando una especie de maestría a partir de este plan de estudios, pero las circunstancias burocráticas no nos favorecieron. Además, recuerdo que hubo reticencias por parte de algunos colegas, como Enriqueta González Padilla, pero aun ella finalmente terminó simpatizando con nuestro proyecto.
Cuando Luz Aurora Pimentel volvió de su doctorado fuera del país y se enteró de nuestro intento fallido de crear un posgrado en literatura comparada, nos llamó y nos convenció de pelearlo. Así que retomamos el trabajo: afinamos el inicial programa que habíamos proyectado para la maestría y diseñamos también un doctorado en literatura comparada. Hablamos con quienes se ocupaban de la maestría en letras y los convencimos de que podían enfocar algunas de sus tesis desde esta perspectiva. No me acuerdo exactamente cuánto tardamos en armar la propuesta, pero lo hicimos con tal cuidado y convicción, que finalmente fue aceptada y Luz Aurora quedó, si no recuerdo mal, como cabeza del proyecto.
Aun en esa etapa de arranque nos seguimos reuniendo con mucha frecuencia, examinábamos las propuestas que traíamos de clase, qué tipo de tesis entrarían en literatura comparada y cuáles no. Teníamos a nuestro favor que contábamos con expertos ya formados en literatura comparada, como Luz Aurora, Dieter y Marlene. Pronto hubo en nuestro posgrado también profesores visitantes famosos que vinieron a dar cursos de literatura comparada. Recuerdo por ejemplo a Mario Valdés de Canadá o Lois Parkinson-Zamora de Houston.
Por mi parte, debo reconocer que me fui formando en el trayecto, y con esos para mí nuevos conocimientos comencé a impartir en el recién creado posgrado un seminario sobre novela corta; luego otro sobre novela de adolescencia. La orientación de las clases que imparto desde entonces en literatura comparada es la tematológica, centrándome en narrativa comparada. Por ejemplo, me ha interesado el tema de la vejez y cómo se ve en diferentes culturas: parto de Kawabata en Japón, para luego observar cómo se relaciona, en qué se parece y en qué se diferencia su obra de cualquier otra novela, como La muerte de Ivan Ilich. He comprobado que la literatura comparada la ejerzo no sólo en los cursos de literatura comparada sino que la practico también en cualquier materia que estoy dando. Tengo usualmente alumnos de distintas literaturas, y les pido que propongan diferentes textos; lo que terminamos haciendo con frecuencia es examinarlos y compararlos entre sí.
Con el fin de crear un órgano que tuviera resonancia más allá de las aulas, se nos ocurrió en esos años también editar una revista de posgrado, Poligrafías, dedicada exclusivamente a la literatura comparada. Hubo otras tantas reuniones en este sentido. Luz Aurora Pimentel sugirió que debíamos internacionalizarnos para que lo hecho aquí en literatura comparada tuviera eco fuera del país. No nos pareció mala idea, de modo que siempre procuramos combinar el material que nos venía del extranjero con el de los profesores de literatura comparada de aquí. Recuerdo que recibimos ensayos que estaban en el límite entre literatura comparada y literatura universal y que costaba mucho decidir si se publicaban o no. Si revisáramos los índices de Poligrafías, incluso los dictámenes que hacíamos de los artículos que recibíamos, podríamos reconocer cuáles eran nuestros criterios de entonces y qué esperábamos que fuera la literatura comparada. Ha sido difícil asegurar la continuidad de la revista, pero ahora que se hace electrónicamente seguramente eso mejorará.
Otra forma que se nos presentó para difundir los estudios de literatura comparada fue por televisión. No sé cómo en aquel entonces la Facultad de Filosofía y Letras y Televisa tenían un acuerdo para hacer programas educativos y culturales en el turno de la mañana. Hacían programas de muy distinto orden, y en ese marco fuimos invitados algunos de nosotros para hablar de la literatura comparada. Recuerdo que a mí me invitaron a comentar sobre mi primer libro de ensayos, que acababa de aparecer publicado en esos años, así como sobre mi primera novela.
Pero cuando las cosas iban marchando muy bien para la literatura comparada, nos llegó desde instancias superiores, más allá de la propia Facultad, la inexplicable consigna de que había que reestructurar letras en posgrado. Sin ser realmente consultados, se determinaron los cambios que llevarían a la creación de un solo posgrado, en el que las especialidades quedaban diluidas. Esto se oponía a la estructura que habíamos propuesto y que había funcionado muy bien hasta entonces. Ahora se puede uno recibir todavía en maestría de literatura comparada pero dentro de lo que es una estructura de maestría en letras. En cambio, con el anterior sistema teníamos total independencia, no teníamos nada que ver con letras modernas ni con letras hispánicas. Pienso que perdimos presencia debido a criterios administrativos y burocráticos que no consideraron lo académico.
Me parece que recuperar la literatura comparada como algo aparte de las otras formas de estudiar a la literatura ayudaría mucho a crear una imagen más sustanciosa para el posgrado en letras, riqueza que se perdió. Para precisar el perfil de los estudios de literatura comparada de la Facultad habría que revisar las tesis que se han hecho. Podría ayudar también el recuperar materiales impresos con los dictámenes de la revista, los programas de las materias y publicar un folleto con esa información. Hacer mesas redondas con los profesores importantes –Pimentel, Rall, Muñiz-. También ayudaría mucho hacer un congreso al año sobre literatura comparada; que vinieran profesores visitantes y dieran cursos de seis meses o un año; que se enriqueciera la galería de materias, porque creo que no hay muchas materias dedicadas a la literatura comparada ahora, y así se convencería a más alumnos de inscribirse a esta área y hacer sus tesis, aunque no sean del área, desde una perspectiva comparatista. Creo que es un modo muy inteligente de abordar la literatura.

Semblanza curricular de Federico Patán