En charla con Dietrich Rall


A principios de los ochenta, aunque ya existía un posgrado en letras en la Facultad de Filosofía y Letras, éste se centraba en las letras hispánicas faltando por desarrollar otras áreas específicas, entre las que por supuesto estaba la literatura comparada. La situación para los que nos encargábamos de otras letras, como las alemanas o francesas, era que dependíamos, en el posgrado, de la Maestría de letras inglesas, el área para entonces más desarrollada del Colegio. Así, los escasos cursos que se abrían hacia la literatura comparada se encontraban, digamos, cobijados por letras inglesas.
Al Colegio de Letras Modernas llegué invitado por Óscar Zorrilla, quien entonces fungía como coordinador del mismo. Ante la necesidad de robustecer el área de Letras Alemanas, me invitó a dar clases en la Facultad y a mi, que venía del Centro de Enseñanza de Lenguas Extranjeras (CELE), me pareció atractivo tener la oportunidad de impartir algunos cursos sobre las corrientes en las que me había formado y que eran relativamente emergentes para la época, como la pragmática lingüística, la estética de la recepción, el análisis del discurso, o los estudios de orientación traductológica. El repertorio teórico que ofrecimos recibió una buena acogida y generó nuevas inquietudes en un ámbito en el que lo común era realizar aproximaciones a la literatura desde una perspectiva estructuralista e historiográfica, principalmente. Recuerdo que el primer curso que preparé fue sobre teoría de la recepción, un enfoque que nunca se había dado en la Facultad. También ofrecí cursos de teoría de la traducción y, un poco después, de imagología, es decir, sobre corrientes de la literatura comparada y teorías literarias que eran relativamente novedosas incluso en Europa.
Aun cuando no se había creado todavía un espacio oficial para el estudio de la literatura comparada, quienes habíamos tenido cierta formación de comparatista, nos propusimos abrir el diálogo: presenté en 1968 mi tesis de doctorado sobre la recepción de la literatura española en revistas francesas, y se publicó, en su versión en español y con el sello de la UNAM, en 1983. Zorrilla, por su parte, compartió su trabajo sobre Artaud y México, esto es, sobre un encuentro entre dos tradiciones literarias, y en donde resaltaba, en particular, las imágenes de México.
Fue precisamente en los ochenta cuando varios profesores con intereses afines nos comenzamos a reunir de manera más constante y formal para hablar de estos temas: entre otros estaba por supuesto Óscar Zorilla, pero también de francesas se sumaron Flora Botton y Laura López Morales; Federico Patán y Angelina Muñiz venían de inglesas – aunque Angelina también se ocupaba de otros temas; y yo, de alemanas. De nuestras charlas derivó la iniciativa de crear en el posgrado un área especializada, de orientación comparatista. Concebíamos la disciplina de manera similar a como lo hacían por ejemplo las introducciones a la literatura comparada de Ulrich Weisstein y de Claudio Guillén. A grandes rasgos, incluíamos la tematología, la teoría de la recepción, la imagología, la traducción, la imagen del otro, y los estudios de influencias –del tipo de “los alemanes en la literatura francesa”, o “los inglesas en la literatura francesa”–. Una vez que tuvimos claros nuestros fundamentos teóricos comunes, nos acercamos a José Pascual Buxó, quien era coordinador del posgrado en aquel entonces, y le compartimos nuestras intenciones de formalizar un campo de estudios comparatistas en el posgrado. Para realizar nuestro proyecto, estudiamos, discutimos y elaboramos planes de los programas que impartiríamos, siempre buscando que cumplieran con el reglamento de posgrado de la UNAM; hablábamos de literatura comparada con otros colegas, y cada uno hacía el ejercicio de explicar a los alumnos su enfoque; con todo ello, fuimos despertando conciencia y el interés sobre este campo de investigación en nuestra comunidad académica.
Las gestiones duraron varios años, pero finalmente se concretó –como lo hizo también para la apertura de posgrados especializados en letras inglesas, alemanas, francesas e italianas– nuestro proyecto de posgrado en comparada. Esto coincidió con la llegada de Luz Aurora Pimentel, que venía de Harvard con una visión muy clara de lo que era la literatura comparada en aquel momento, además de mucha información y gran energía para sacar adelante el proyecto.
La opinión que prevalecía entonces sobre lo que significaba la teoría comparada era que debía incluir necesariamente dos literaturas en dos lenguas distintas. Detrás de este enfoque es fácil identificar la noción de “literaturas nacionales” creada en Europa en el siglo XIX. A esta orientación, también en el siglo XIX, se opuso otra corriente de pensamiento que reconocía que siempre ha existido un contacto entre los países, por lo que –a manera de ejemplo– no se puede pensar el Romanticismo alemán sin el inglés o el francés, ni viceversa. A partir de eso, y siguiendo con el ejemplo, lo que hacíamos aquí era estudiar el romanticismo español o el latinoamericano comparándolos con el alemán o el inglés. La idea era, repito, comparar literaturas de dos tradiciones y lenguas diferentes. En ese momento no pensábamos que la comparada podría incluir, digamos, estudios entre la literatura argentina y la mexicana. Esa perspectiva ya se ha flexibilizado ahora, de modo que se puede comparar dos historias literarias dentro de una misma lengua, pues se trata de dos maneras de hacer literatura.
Recuerdo que discutíamos justamente sobre nociones como “influencia” e “imitación” en literatura; la primera de ellas heredada también del s. XIX, preguntaba por quién había sido el primero en introducir algún tema, quién se podía considerar ser el “original”, y de ahí derivaba cómo influyó en otros y cómo éstos dependían de la versión inicial. Un caso efectivo y recurrente en ese sentido era el estudio de influencia que han tenido los clásicos griegos en las diversas tradiciones literarias a lo largo de la historia. De ahí surgió, de forma natural, otra de las inquietudes comparatistas, la tematología, desde la cual se podían estudiar por ejemplo ecos de Ifigenia o de Fausto en diversas obras, como formas de imitación, apropiación y reelaboración de tramas, asuntos y tópicos. Pero en realidad, como se trata de procesos de comunicación, siempre hay intertextualidad, intercambios, continuaciones de discursos anteriores, apropiaciones y transformaciones de géneros establecidos, contagios entre disciplinas, etc. Así, aunque es indiscutible que ciertas obras hayan determinado de forma evidente a otras, en general la idea de influencia parecía explicarse con cada vez mayor justicia a partir de la teorización acerca del fenómeno de la recepción como acto creativo y en constante transformación. Por otra parte el interés por las influencias se vio desplazado por otra noción que cobró importancia: la intertextualidad, que proponía un método menos especulativo y a cambio más inmanente y concreto de comparación entre diversas obras literarias.
Mucho de lo que, con el apoyo de estudios clásicos de literatura, como los de Weisstein o de René Wellek, habíamos discutido acerca de nuestras inquietudes comparatistas en aquel grupo, se vio concretado por Angelina Muñiz en un ensayo titulado “Notas de investigación sobre la literatura comparada”, que publicó en 1989, y que de alguna forma sirvió de primera base orientadora para nuestros alumnos. Otra forma de orientación, por cierto, la encontramos bajo la fórmula de jornadas informativas sobre literatura comparada, en las que invitábamos a nuestros colegas a charlar sobre sus experiencias comparatistas, y donde aprovecharan para responder algunas dudas generales de los alumnos. Fue una forma de hacerle un poco de publicidad a la literatura comparada dentro de la Facultad.
Ya a los alumnos que se decidían a entrar al programa, les exigíamos la presentación de una propuesta con algún tema posible a trabajar en sus tesis, mismo que en las tutorías se iba concretando, según el tema y las tradiciones literarias que fueran a trabajar. Las primeras sesiones de tutoría eran decisivas, pues los aspirantes al posgrado rara vez llegaban con ideas muy claras. Ahora es diferente, porque quien entra por lo menos sabe preparar un proyecto de investigación, enfocarlo y estructurarlo de acuerdo con las hipótesis generales. En ese aspecto creo que las exigencias se han vuelto mayores. Y en definitiva, si se quiere ir a estudiar un posgrado al extranjero son cosas que se deben poder hacer, y está bien que aquí también se exijan.
Sobre la planta docente que integraba el posgrado en literatura comparada, no recuerdo si al principio el profesorado era exclusivamente de la Facultad, pero sí en su gran mayoría, a juzgar incluso por la lista de quienes habíamos iniciado este proyecto. Y pienso que era natural, porque aun a la fecha es difícil imaginar que, por ejemplo, para las letras inglesas viniera mucha gente del Instituto de Investigaciones Filológicas. Si acaso, la mayoría de las propuestas de cursos de orientación comparatista que provenían de gente del Instituto, venían de investigadores vinculados al Seminario de Poéticas, un departamento que hace algunos años apenas adquirió la categoría de Centro. Y ahora que lo pienso, el posgrado en comparada no sólo se nutrió de colaboraciones del Instituto de Filológicas, pues también había profesores e investigadores de otras dependencias. Ese es mi caso, pues aunque me vinculé largo tiempo a la Facultad, originalmente era profesor de tiempo completo en el CELE. Además, tuve oportunidad de colaborar con investigadores del Instituto de Investigaciones Filológicas, como Tatiana Bubnova, con quien impartí un curso en el que ella se ocupaba de Bajtín y yo de cuestiones de recepción. Por otro lado, los intercambios entre las dependencias no han sido unilaterales: hay gente que trabaja ahora en el Instituto pero que se formó en la Facultad, como José Ricardo Chaves. Pienso también en Alberto Vital, antes de que hiciera un doctorado en la Universidad de Hamburgo, sobre la recepción de Rulfo en los países de habla alemana. La colaboración con Alberto y José Ricardo en la Maestría de Literatura Comparada me ha parecido muy enriquecedora para ambas dependencias.
Después de más de una década desde la fundación del posgrado en literatura comparada, fui nombrado asesor del área, puesto que ocupe oficialmente de 1997 a 1998, aunque me tocó participar también de una extraña transición en 1999/2000, debida a la huelga en la UNAM, y en donde compartí las responsabilidades de la coordinación –en una especie de “triunvirato”– con Jorge Alcázar y Gabriel Weisz. En esos años se invitó a diferentes investigadores a impartir cursos en el posgrado; por ejemplo, a Mario Valdés de la Universidad de Toronto, quien nos vino a ofrecer un seminario que se tituló “Hacia una teoría de la literatura comparada”. En ese entonces él trabajaba mucho con la teoría de la recepción, como hacíamos varios de nosotros, de modo que mantuvimos siempre un buen contacto en el que él nunca dejó de compartirnos sus publicaciones.
Sin duda fue bueno siempre contar con otras voces y otros enfoques que complementaran lo que hacíamos aquí. Además de enriquecer nuestra formación, los invitados nos ayudaban a afinar lo que entendíamos por literatura comparada, cuál era el enfoque que le queríamos dar, qué queríamos hacer aquí. Para estos años, además, la población de alumnos inscritos en comparada había ido en aumento, y requeríamos responder a los cada vez más diversos proyectos de investigación que se planteaban en las tesis. De los registros de inscripción que conservo, por ejemplo, del 98, se desprende que teníamos 27 alumnos inscritos.
Pero a medida que se acercaba el cambio de siglo, las políticas universitarias también estaban cambiando y exigían una radical transformación en la organización de los posgrados. Nuestra especialidad quedó refundida en lo que a partir de entonces sería un único posgrado en letras. Eso no significa que la comparatística dejara de existir, ni tampoco que desaparecieran las especialidades en las diversas literaturas. Ahora bien, siento que en la actualidad los que quieren hacer una maestría en alguna de las tradiciones literarias –que no sean las letras inglesas, que todavía son relativamente concurridas–, prácticamente tienen que hacer literatura comparada porque, por ejemplo, en alemanas no hay suficientes cursos ni maestros que las impartan, y algo parecido debe suceder con Letras italianas, además de que también hay pocos alumnos de posgrado. Como consecuencia, la mayoría de quienes estudian alemanas acaban por adoptar un enfoque comparado. Hay excepciones, como el caso de Raúl Torres, o el de Sergio Sánchez Loyola, quienes hicieron su doctorado en Letras alemanas. Pero, para poner un caso reciente y representativo de lo que hoy sucede, en abril de este 2012 Geishel Curiel Martínez defendió una tesis sobre la relación entre Sergio Pitol y Thomas Mann a partir de Der Tod in Venedig, en la que terminó haciendo literatura comparada. Lo mismo ocurrió con Andreas Ilg, alumno brillante que también es profesor y colega, y que igualmente en este año defendió su tesis doctoral con especialidad en comparada, sobre la relación entre Walter Benjamin y los cronistas mexicanos como Carlos Monsiváis, una tesis dirigida por Esther Cohen, quien, por cierto, en años recientes ha impulsado de manera importante los estudios en torno a Benjamin en la UNAM. Pero volviendo al asunto: la realidad en el posgrado es que, quienes de una u otra manera se vinculan a Letras alemanas, aparte están especializados también en otras literaturas; tal es el caso de Ute Seydel, Susana González Aktories o Raúl Torres.
¿Será que el área de letras alemanas está perdiendo interés para nuestra comunidad académica, y en general en México? Los hechos indican otra cosa, al menos a juzgar por encuentros como el reciente congreso organizado en Guadalajara por parte de la Asociación Latinoamericana de Estudios Germanísticos: había unas trescientas personas, unas ciento cincuenta ponencias, participantes de toda América Latina, incluyendo por supuesto México. Entonces, sí hay gente interesada, pero es verdad que son pocos los que llegan a letras alemanas, y más en el posgrado. Lo mismo vale para quienes se especializan en literatura comparada, orientados por intereses germanísticos.
Tal vez debido a que vengo de la tradición alemana, creo que no hay que cerrarse a una sola tradición o tema. Pienso que hay que saber dimensionar los fenómenos literarios, y para ello hay que moverse, contrastar, y eso es lo que la comparada ofrece: la posibilidad de no estancarse en un autor, en una sola época, en una sola escuela o tradición nacional. La literatura comparada ha sido importante por haber aportado teorías y fundamentos que sirven a las diferentes especializaciones, aun cuando todavía hay algunos ámbitos en donde esta visión no ha permeado del todo, por ejemplo en las letras hispánicas, donde la apertura -aunque ésta ya comienza verse en varias tesis recientes- ha sido muy paulatina. Recuerdo, por ejemplo, que cuando comencé a dar clases a los alumnos de letras hispánicas en los ochenta, veía que había una fuerte tradición en historia de la literatura. Conocían pocas teorías provenientes de otras escuelas teóricas, y su dominio de otros idiomas era muy limitado. Mientras tanto, ha habido muchos cambios.
La literatura comparada en el mundo entero siempre ha tenido un fuerte vínculo con las teorías literarias; quizá sin las suficientes aplicaciones, como se puede corroborar en el ámbito de la teoría de la recepción, donde muchas veces faltaba explorar qué pasaba con los lectores, cómo leen, cómo entienden un mismo texto, dependiendo de en dónde provenían. Con la intención de modificar esta tendencia, al menos en un círculo pequeño de colegas, entre ellos Alois Wierlacher y Dietrich Krusche (Alemania) así como Pramod Talgeri (India) Zhang Yushu (China) y Gail K. Hart (USA), llevamos a cabo un trabajo experimental bastante amplio, en el que hicimos leer Pankraz, der Schmoller, una novela del siglo XIX escrita por el suizo Gottfried Keller, a lectores que se ubicaban en distintos lugares del mundo. Para entender las motivaciones de la investigación hay que recalcar que la novela versa sobre la historia de un joven que huye de su casa en épocas en que Suiza estaba en crisis, con el fin de servir como legionario aun en otros ejércitos; él se va de su casa por razones de enojo –la referencia a este estado de ánimo aparece desde el título, pues Schmoller significa algo así como “el enojón”–, y llega a la legión extranjera en el norte de África, luego va a la India con el ejército inglés, a Estados Unidos, regresa a la África profunda, subsahariana, antes de volver a Suiza, en lo que resulta ser un viaje de formación. Es una odisea en la que tiene sus amores, sus batallas y aventuras, en las que obtiene muchos trofeos. En todo el proceso aprende a no ser tan gruñón, y un episodio climático para este cambio se da tras haber sobrevivido al encuentro cara a cara con un león en el Sahara. Cuento brevemente la trama porque lo que hicimos fue pedir a algunos colegas que trabajaban no sólo en África (tanto el Norte como África occidental), en la India y en Estados Unidos, lugares donde se desarrolla parte de la trama, sino también en otras regiones geografías como México, que se leyera la novela en un marco de las clases de alemán para extranjeros, observando la reacción y las interpretaciones de los lectores según los distintos contextos culturales. Lo que queríamos era observar qué criterios de recepción empleaban al momento de la lectura, esto es, cómo la leían en los diversos lugares por los que el personaje pasaba. Eso se publicó en 1992, en forma de un trabajo práctico ilustrativo, y se integró de forma monográfica en el no. 18 de anuario conocido como Jahrbuch Deutsch als Fremdsprache. Aunque siempre hay que tener reservas, porque es muy difícil captar realmente lo que pasa en los lectores, considero que fue un trabajo muy interesante, ambicioso, y quizá por lo mismo no muy frecuente. En resumen, creo que no es suficiente hacer teoría; también hay que ver si funciona y de qué manera, y en ese sentido pienso que quizá no se ha hecho todavía lo suficiente.
Con respecto a las publicaciones de literatura comparada en México, ha habido foros valiosos donde se han difundido los trabajos de los colegas. Por ejemplo en dos revistas editadas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, una de ellas, el Anuario de letras modernas, a cargo de la coordinación de Letras Modernas de la licenciatura, y para el posgrado, Poligrafías. Revista de Teoría Literaria y Literatura Comparada. En general, además de invitar a profesores extranjeros a colaborar, quienes hemos publicado en esos foros somos los que he estado mencionando. Poligrafías ha pasado por una especie de bache, pero parece que desde hace poco más de un año ha vuelto a la vida gracias a la iniciativa de las profesoras del Seminario Permanente de Teoría Literaria, quienes además se preocuparon por crear una versión digital, con lo que la difusión previsiblemente será aún mayor, dados los conocidos problemas de distribución que tienen las publicaciones universitarias.
Por mi parte, otro de los libros con los que creo haber aportado al estudio de la comparatística fue En busca del texto. Teorías de la recepción (1987) que por cierto fue producto directo de esta maestría. Recuerdo que fue Françoise Pérus, muy activa también en temas de comparada y de estudios latinoamericanos, quien trabajaba en Ciencias Sociales, la que me propuso hacer ese libro sobre teorías de la recepción, de modo que en un inicio se publicó ahí. Y como se vendió bien, usándose en otras universidades más allá de la UNAM, logramos que el CELE se hiciera cargo de las reediciones y reimpresiones. Fue de lo primero que se hizo en español, como libro que compilaba una selección traducida de las aproximaciones de Jauss e Iser, sobre todo.
Luego vendría Letras comunicantes. Estudios de literatura comparada, un libro que edité junto con Marlene Rall y que publicamos primero en la UNAM, en 1996, y luego en Alemania en una versión traducida, pero con la introducción de do colegas que participaron en el proyecto. Cada capítulo de este libro pretendía estar dedicado a un enfoque de la literatura comparada: estaban representados así los estudios de recepción, estudios tematológicos, de imagen, de traducción. Lo concebimos como libro de consulta tanto para estudiantes de literatura comparada como para profesores, dando ejemplos de cómo se puede orientar un estudio cuando uno hace imagología, por ejemplo.
Otras de las publicaciones que perseguían intenciones similares, de perspectiva comparatista, en particular en el ámbito de las letras alemanas, fueron Paralelas: estudios literarios, lingüísticos e interculturales (1999), y Mira que si nos miran: imágenes de México en la literatura de lengua alemana del siglo XX (2003). La antología Einmal Eldorado und zurück (El Dorado, ida y vuelta), resultado de un trabajo en equipo, contiene textos de escritores hispanoamericanos sobre la Europa de habla alemana y de autores alemanes, austriacos y suizos sobre Latinoamérica. Es una antología bilingüe; es decir, todos los textos de hispanoamericanos están presentados en español y los de los germanoparlantes, en alemán. Es un libro también que surgió de un proyecto del DAAD. Y se publicó en 1992, para los 500 años de ida y vuelta, de encuentro y de desencuentro.
Otros libros de teoría y giro comparatista hechos aquí son, por ejemplo, los ya clásicos de Luz Aurora Pimentel, El espacio en la ficción y El relato en perspectiva; este último es uno de los cien libros más consultados de la biblioteca. Son libros que dan herramientas a quienes están haciendo su tesis y no sólo son útiles para la gente de inglesas, aunque la mayoría de los ejemplos provenga de las letras inglesas. Vale la pena resaltar también los trabajos de Gabriel Weisz sobre cuerpos y espectros; además, acaba de compilar un libro, junto con Argentina Rodríguez, con artículos misceláneos sobre de literatura comparada. Está de igual forma lo que hizo Rosa Beltrán sobre la ironía; están las investigaciones de José Ricardo Chaves sobre la figura del andrógino y tiene un lugar importante, entre las publicaciones, La otredad del mestizaje. América Latina en la literatura inglesa, de Naír María Anaya Ferreira. En fin, muchos de los estudios publicados muestran la manera en la que se conectan obras y tradiciones literarias de dos o más literaturas.
Sobre el panorama actual y el futuro de la literatura comparada, tengo la impresión de que se está modificando debido al acceso global a la información que se tiene hoy en día. Creo que el interés, el amor, el gusto hacia otras culturas es una actitud frecuente, y que hay que abrirse a ellas. Así que dedicarse a la literatura comparada no solamente es una corriente académica, sino también una forma de encarar el mundo. No me puedo imaginar, por ejemplo, que se pueda impartir letras alemanas sólo aisladamente, sin relacionarlas con lo que pasa en la literatura mexicana y latinoamericana. El enfoque natural hacia el estudio de letras alemanas, desde aquí, es –y debería hacerse desde– implica una perspectiva “latinoamericana”; por ello hay que estudiar literatura comparada y lingüística comparada también, y si se piensa en la enseñanza del alemán, hay que dar más instrumentos e informaciones que las puramente lingüísticas, para poder llegar, después, a la literatura y sus comparaciones. Lo interliterario, lo intercultural lo interlingüístico se dan de manera natural cuando uno está dedicado a la enseñanza de una literatura extranjera, en México y en otras partes del mundo.

Semblanza curricular de Dietrich Rall