Lena Abraham: “La medalla Alfonso Caso al mérito universitario: ¿reconocimiento académico o condecoración?”


La Universidad Nacional Autónoma de México y la Secretaría de Desarrollo Institucional a través de la Coordinación de Estudios de Posgrado tienen el honor de invitar a usted a la ceremonia de entrega de la medalla Alfonso Caso a los graduados más distinguidos en los estudios de especialidad, maestría y doctorado 2011.

Jueves 14 de noviembre de 2013 a las 17:00 horas
Sala 1, Auditorio de la Unidad de Posgrado
Circuito de Posgrados, Cd. Universitaria, México, D.F.

La medalla Alfonso Caso al mérito universitario: ¿reconocimiento académico o condecoración?
por
Lena Abraham (alumna de la Maestría en Letras, Literatura Comparada, UNAM)
(Enero de 2014)

El 14 de noviembre asistimos algunas personas del Posgrado en Letras en el área de Literatura Comparada a la ceremonia en el auditorio de la nueva Unidad de Posgrado para acompañar a “nuestra” galardonada, Gabriela Villa Walls, a recibir la medalla Alfonso Caso al Mérito Universitario. Con su investigación “El melopeo y maestro, ‘bisagra engarzadora’ de la literatura y la música en Nueva España” (tesis dirigida por la Dra. Susana G. Aktories) presentó un trabajo sobresaliente en el mejor sentido de la Comparatística: interdisciplinario, interartístico e innovador. Pero el logro de Gabriela destaca aun en otro sentido, puesto que se aventuró en esta empresa ecléctica “desde el otro lado”: desde la música hacia las letras, no a la inversa como solemos –cuando nos atrevemos– hacer la mayoría de las y los estudiantes de literatura. Este reconocimiento no sólo constituye una grata y bien merecida sorpresa para Gabriela, puede incitar también a más personas –como ha ocurrido ya en otras generaciones desde que existe la especialización en Literatura Comparada en la UNAM– a emprender la tarea de acercarse a los Estudios Literarios desde otra óptica y de este modo contribuir a fortalecer el carácter interdisciplinario de nuestra área.

Gabriela decía sentirse muy contenta, muy halagada, y añadió que: “Percibir que se valora y aprueba el esfuerzo y el trabajo es gratificante, nos indica que vamos por buen camino, nos estimula a más, a seguir por esta vía del estudio y la investigación.” Sólo dos cosas le causaban algo de extrañeza: en el correo que recibió “de la nada”, dos años después de haberse graduado de la Maestría en Letras en el 2011, se le comunicaba que había sido seleccionada como “mejor alumna” de su programa, sin indicar cómo se había hecho merecedora de este calificativo. Y luego este premio en forma de una medalla, ¿no tenía cierto dejo de condecoración decimonónica?

Cada año, la UNAM distingue a sus mejores estudiantes de posgrado en todas las áreas –a nivel de especialización (en esta ocasión a una alumna de la primera generación del nuevo programa de Género y Derecho), maestría y doctorado– otorgándoles la medalla Alfonso Caso al Mérito Universitario. ¿Pero cómo “distingue” la UNAM a “sus mejores alumnos”? En el caso de los estudios de posgrado, generalmente abocados hacia la investigación, resulta lógico que para seleccionar a los estudiantes más destacados se tome en cuenta la calidad del trabajo personal de investigación. Para poder ser considerados y sujetos a evaluación, no obstante, los candidatos deben cumplir con varios requisitos, según se establece en el Reglamento del Reconocimiento al Mérito Universitario (Cap. I, Art. 2, 10-12): “Los alumnos de maestría requerirán un promedio de nueve como mínimo, no tener en su historial académico calificaciones de NA (no acreditada), así como haber cubierto todos los créditos y requisitos del plan de estudios en el tiempo estipulado en el mismo.” Adicionalmente, “el jurado del examen de grado […] deberá recomendar su otorgamiento”, “[e]l comité académico respectivo valorará dichas recomendaciones y, en su caso, propondrá al alumno, de entre los graduados o diplomados en cada año natural, para su consideración al H. Consejo Universitario.”

Suelen ser pocos los candidatos que pasan todos estos filtros. Evidentemente, los criterios de selección nos hablan de la constancia y la dedicación del alumno, cualidades deseables y necesarias también en un investigador profesional. Sin embargo, cabría preguntarnos si no se dejan de lado valiosos trabajos de investigación que simplemente tardaron más tiempo en madurar, en pulirse. Esta insistencia en los tiempos nos refiere una vez más a esa terrible palabra de moda, la “eficiencia terminal”. Pero ésta poco o nada tiene que ver con la calidad del producto final, la tesis. ¿O acaso sí? Es evidente que este nuevo indicador de la excelencia académica –tanto a nivel nacional como internacional– ha modificado nuestro quehacer académico en distintas formas, empezando por el “formato mismo” de las investigaciones: se ha tendido en general a una reducción en la extensión de los trabajos de titulación, al énfasis en la brevedad, que –a decir de algunos– compromete la calidad de las tesis. El debate continúa, pero lo que queda claro es que las nuevas exigencias implican un profundo cambio para todos aquellos que se formaron en el paradigma del despacito y buena letra, según el que una investigación seria podía y debía tomar años y abarcar innumerables páginas. Ahora se enfrentan con los nuevos valores de prontitud, concisión, eficiencia e innovación (otra palabra de moda). A mi modo de ver, un buen trabajo académico debe caracterizarse por su fuerza argumentativa, su precisión conceptual, la claridad en la exposición y la originalidad de la propuesta, independientemente del formato y la extensión, pero que mejor se adecúen al propósito de cada texto. Si esto se logra bajo la presión de la susodicha eficiencia terminal, es otro cantar. Lo que sí es notorio es que, en este ambiente de transformaciones, los rituales y modos de condecoración parecen desentonar y nos causan la impresión de cierto anacronismo. Otro detalle curioso: después de hacer hincapié en la eficiencia terminal, ¿no resulta paradójico que las tesis se premien con tanto tiempo de retraso, dos años más tarde, cuando ya ni los propios potenciales aspirantes se acuerdan de la posibilidad de esta distinción?

Respecto a las calificaciones, que también se consideran al momento de realizar las evaluaciones de los candidatos a la medalla, creo que ya todos hemos pensado alguna vez que un excelente promedio no necesariamente refleja una inteligencia ni capacitación extraordinarias. De hecho, puede haber alumnos brillantes, pero “incómodos”, inconformes, que no buscan la aprobación del profesor y a lo largo de sus estudios no obtienen las notas más altas, por lo menos debajo de la media requerida de nueve punto cero. (No hay que olvidar que en la UNAM estamos hablando de un promedio semestral mínimo de ocho punto cinco para no causar la baja del Programa de Becas para Estudios de Posgrado, en el caso de los posgrados registrados en el PNPC con apoyo de CONACYT de ocho punto cero.) Obviamente, esto tampoco implica la conclusión inversa: no es que los que terminan con buen promedio y logran finalizar en los tiempos previstos por el programa no puedan escribir tesis sobresalientes. La pregunta que se impone sólo es si, ya que se pretende premiar la excelencia académica, estos indicadores más bien de constancia, compromiso y dedicación realmente son los adecuados para seleccionar los trabajos de investigación más destacados. Y en el proceso de pasar por estos filtros surge todavía otra duda: ¿cómo se dictamina? –atendiendo ya no sólo a aspectos de índole administrativo sino de contenido–, ¿cuáles son los criterios para decidir entre los trabajos de las distintas áreas de conocimiento de un programa de posgrado? En nuestro caso, ¿quién decide qué vale más, un excelente estudio sobre literatura oral zapoteca, un análisis de la dimensión política en la poesía polilingüe de Uljana Wolf o un examen exhaustivo de un matiz hasta el momento descuidado de la obra de Shakespeare? Según leemos en el propio reglamento, se trata de una decisión colegiada, a cargo de los miembros del comité académico. Aparentemente ellos deben considerar no sólo la “mención honorífica” (otra valoración que por ser tan recurrente parece haber perdido su grado de excelencia), sino los comentarios plasmados en las cartas de los cinco sinodales que deben aprobar las tesis, además de las apreciaciones que ellos mismos puedan derivar de los trabajos.

Por lo menos en el caso de las Letras, hablar por ejemplo de la valoración de utilidad –más frecuente de encontrar en las ciencias aplicadas– parecería disparatado. ¿O acaso es posible entender utilidad en las humanidades como formas de generar conocimientos aplicables a una realidad, de contribuir a que el mundo cambie para bien y así aportar su granito de arena? Los estudios de Literatura Comparada no investigan ni desarrollan nuevos métodos para combatir el cáncer, ni procedimientos de reciclaje o tratamiento de agua, ni ingenian nuevos sistemas económicos a fin de lograr mayor equidad. En este sentido, lo nuestro parece realmente inútil. ¿Esto quiere decir que la Comparatística no tiene ningún valor más allá de un divertido juego poético-intelectual? [Me siento tentada a defender la (in)utilidad de la literatura, la lectura y del estudio de las letras en general, pero nos llevaría –todavía más– lejos de nuestra reflexión sobre los premios al mérito académico. Por tanto, lo dejaré para otra ocasión y me limitaré a unas breves reflexiones sobre nuestro campo en particular, la Comparatística.] ¿Qué leemos cuando leemos? Vinculamos nuestras lecturas con otras lecturas, otros textos y contextos de la más diversa índole. Rastreamos, contrastamos y descubrimos que estos textos no sólo hablan de sí, que trascienden su propio horizonte, se nutren y a la vez repercuten en otras esferas de lo social, desde la política hasta las ciencias, pasando por las propias humanidades. ¿De qué sirve –en el caso de la tesis de Gabriela– explorar si Sor Juana conoció o no la retórica musical de su tiempo? Sirve, como bien dice la Dra. Aktories, para evidenciar que tanto antes como ahora quien escribe puede tener una formación intelectual muy completa y refleja en ello un pensamiento muy elaborado que se vincula, como en el caso de Sor Juana, no sólo con lo meramente musical, sino con un pensamiento científico altamente complejo y sofisticado. Eso sólo por mencionar este caso particular.

Ahora veamos en qué consiste concretamente esta distinción académica. “Las medallas […] Alfonso Caso tendrán las siguientes características: serán de plata en forma circular, de cuatro centímetros de diámetro. Estarán suspendidas de un listón con los colores azul marino y amarillo con un broche transversal tricolor. En una cara tendrán grabado el escudo de la Universidad y, en la otra cara, la efigie y el nombre de […] Alfonso Caso, […] así como la inscripción ‘Al Mérito Universitario’.” Esta medalla bañada en plata, ¿realmente constituye un reconocimiento académico? ¿No nos recuerda más bien, como observaba Gabriela, a una condecoración quizás ya no tan conforme a nuestra época, el siglo XXI? Si se busca distinguir a los estudiantes más destacados por su mérito académico, ¿no sería de mayor provecho para los galardonados que el premio mismo tuviera un valor más… académico, precisamente? Lo que viene a la mente de forma inmediata, sería por ejemplo sugerir la publicación de las tesis con una propuesta original, un aporte significativo para el área. Evidentemente, ya existen programas de publicación de los trabajos de titulación dentro del posgrado de la UNAM, por ejemplo la “Colección Posgrado” (la última convocatoria apareció en la Gaceta UNAM del 28 de noviembre de 2013; los egresados de posgrado pueden autopostularse ante su respectiva coordinación, el comité académico realiza una primera selección que remite al comité editorial de la CEP que a su vez elige los trabajos que se editarán), ha habido también iniciativas de las propias facultades para publicar tesis recomendadas por los sinodales. Curiosamente, no suelen coincidir con las galardonadas con la medalla. Claro que la mención de un premio no se ve nada mal en un CV. Pero dentro del ámbito universitario, ¿no contará más una publicación académica con el aval institucional de la UNAM? ¿No preferiríamos que nos respalde nuestro trabajo, no tanto un galardón del que nadie sabe a ciencia cierta qué significa? Sin ir más lejos, ¿cuánta gente sabe quién fue Alfonso Caso? En el área de las Letras, las publicaciones nos siguen pareciendo la variante más inmediata de valorar la calidad de un trabajo escrito, pero desde luego podemos pensar en muchas maneras más, por ejemplo la invitación a colaborar en proyectos de investigación ya existentes relacionados con el tema de la tesis premiada. Otra posibilidad sería acompañar esta distinción con una remuneración, aunque fuera simbólica. ¿No se trata también de eso y constituye al menos parte del atractivo que tienen los “grandes premios” internacionales –con remuneraciones más que simbólicas– e incluso el Premio Universidad Nacional (Reglamento del Reconocimiento al Mérito Universitario, Cap. II) para distinguir al personal académico de la UNAM? Un joven egresado que probablemente todavía no cuenta con un ingreso fijo agradecería sin duda este tipo de reconocimiento, y con más razón ahora que, hasta donde sé, desaparecieron tanto el Fomento a la graduación para los alumnos de posgrado como el Programa de fortalecimiento a la eficiencia terminal del posgrado universitario, que constituían un incentivo económico para obtener el grado en los tiempos establecidos por el programa.

Otro punto curioso. Muy en el tenor de distinguir a los “mejores”, en la ceremonia se hizo hincapié en la competitividad. Casi todos los oradores felicitaron a los presentes por ser los que destacan, los que sobresalen. En fin, los mejores. Al mismo tiempo se habló de la importancia de fomentar cambios en el país mediante la educación, de buscar la aplicación de los conocimientos adquiridos en la universidad en el contexto real del país a fin de subsanar deficiencias, de construir un México más equitativo y justo, de retribuir lo aprendido a las comunidades, al pueblo. Nuevamente me pregunto: ¿Cómo contribuye este evento con aires elitistas a crear un país con menos injusticias? Que alguien pueda decorar su cubículo (o más bien su tocador o la puerta del refrigerador, porque el premio, desafortunadamente, no garantiza la contratación de los galardonados) con una medalla, ¿implica que más personas estén en contacto con lo que se piensa y produce en la universidad? Si el reconocimiento se diera realmente de manera académica, por ejemplo se editara la tesis en forma de libro o artículo, impreso o en red –obviamente estoy pensando en el campo de las Letras, desde luego habría que considerar también otras modalidades–, ¿no sería más factible que el conocimiento viaje, llegue más lejos? Desde hace varios años, los trabajos de titulación de la UNAM ya están disponibles en internet, por lo que se encuentran más accesibles desde todas partes el país (que cuenten con internet, hay que recordarlo) y del mundo. No obstante, muchas veces las buenas tesis se pierden en la mar de monografías con las que se reciben los alumnos cada año. Incluso para otras instituciones e investigadores resultaría más interesante adquirir una publicación de este tipo, con aval de la UNAM. Y esto, nuevamente, fomentaría la circulación de los saberes y para los que quieren seguir dentro del campo de la investigación sería un reconocimiento mucho más provechoso que una condecoración personal.

Sea como fuere, mientras sigan existiendo estos premios, sí es alentador que ocasionalmente sea la gente del área de Comparada la que sea acreedora de este reconocimiento. Y a nivel personal, sin duda, tal como dice Gabriela, es un enorme gusto ver que la propuesta propia, el proyecto de investigación y su defensa en el examen de grado no constituyen un mero trámite, sino que el esfuerzo académico se toma en consideración, hay una respuesta, un reconocimiento –aunque sea tardío–, pero una medalla no impide que este empeño se desvanezca en los vastos archivos de las bibliotecas universitarias. Queda pendiente ver si en los albores del siglo XXI, en un mundo que aspira a la innovación, veremos cambios de actitudes, paradigmas y por ende de valoración de la excelencia académica que se da en las prestigiosas casas de estudio como la nuestra. El proceso, como vemos, es lento, pero hay esperanza.